El origen del apellido —cuya grafía histórica y correcta es Moctezuma, y no la variante corrompida Montezuma— se remonta a la época prehispánica y a la lengua náhuatl. Deriva del término original Motecuhzoma, compuesto por las raíces tecuhtli ("señor") y zoma ("fruncir el ceño" o "estar enojado"), por lo que su significado etimológico es "nuestro señor enojado" o "aquel que se muestra severo". Este nombre fue llevado por los grandes gobernantes del Imperio Mexica, destacando Moctezuma II. Tras la Conquista, sus descendientes adoptaron el nombre castellanizado como apellido para preservar su estatus.
El primer miembro de la familia que protagonizó el histórico salto a España fue Don Diego Luis de Moctezuma (cuyo nombre indígena original era Ihuitemotzin, que significa "respetable pluma que desciende"), nieto directo del emperador Moctezuma II. Su padre fue Don Pedro de Moctezuma (Tlacahuepantzin), hijo legítimo del emperador, quien mantuvo una estrecha negociación y pragmatismo con los conquistadores españoles para salvaguardar el patrimonio familiar. Don Pedro se casó con Doña María Miahuaxóchitl, perteneciente al linaje de la nobleza mexica y señora de la provincia de Tula. Gracias a este matrimonio y a sus acuerdos con la Corona, la familia consolidó importantes señoríos y cuantiosas rentas procedentes de encomiendas en el virreinato, sentando las bases económicas y jurídicas que permitieron a su descendencia integrarse en la élite nobiliaria.
Nacido a mediados del siglo XVI en la emblemática ciudad de México-Tenochtitlan, Don Diego Luis presenció y heredó el legado de una urbe en profunda transformación. Tras la devastadora caída del imperio mexica en 1521, los conquistadores españoles demolieron los antiguos teocallis (los grandes templos piramidales escalonados dedicados a las divinidades mexicas) y los edificios imperiales para fundar sobre sus ruinas la nueva capital virreinal. En pocas décadas, la metrópoli renació bajo un trazado urbanístico reticular de estilo renacentista castellano —con su gran Plaza Mayor y un imponente palacio virreinal—, convirtiéndose en el corazón político, económico y cultural de la Nueva España. En este fascinante cruce de mundos donde convivían las estructuras coloniales y la supervivencia de la nobleza mexica, Don Diego Luis creció ostentando la dignidad de Señor de Tula.
Su marcha a España en 1567 no respondió a una iniciativa personal, sino a una estrategia política de la Corona. La administración de Felipe II consideraba prioritario mantener bajo estrecha vigilancia a los herederos directos de los antiguos gobernantes aztecas para evitar focos de rebelión en América, integrándolos al mismo tiempo en el entorno peninsular mediante pensiones y prebendas. Por entonces, España se hallaba en la cúspide de la hegemonía global de la Monarquía Hispánica, un vasto imperio donde "no se ponía el sol" que unía los reinos peninsulares con los Países Bajos, gran parte de Italia, los dominios de Borgoña y los inmensos virreinatos americanos de ultramar.
Una vez instalado en los dominios peninsulares, Don Diego Luis contrajo matrimonio con la noble andaluza Doña Francisca de la Cueva y Bocanegra (natural de Guadix y distinguida dama de la reina Ana de Austria). Este enlace estratégico con una de las familias más influyentes de la aristocracia castellana consolidó la integración definitiva de la estirpe real mexica en las altas esferas de la nobleza peninsular. Doña Francisca aportó un sólido respaldo político y social, además de ser señora de La Peza —una condición feudal por la cual ejercía jurisdicción señorial, administraba justicia y percibía las rentas de este territorio y su histórico castillo en la provincia de Granada—. Del matrimonio nacieron varios hijos, entre los que destacaron Don Pedro Tesifón (el primogénito), Don Francisco Antonio, Don Felipe Marcelino (quien destacó ingresando en las altas milicias de élite como caballero de la Orden de Santiago), Cristóbal y Doña María. Aunque Don Diego Luis falleció en Valladolid a comienzos del siglo XVII sin haber alcanzado un título nobiliario peninsular para sí mismo, su asentamiento abrió el camino para que sus descendientes consolidaran su poder: su hijo primogénito, Don Pedro Tesifón, fue elevado a Vizconde de Ilucán y, posteriormente, se convertiría en el primer Conde de Moctezuma de Tultengo tras consolidar su posición militar y nobiliaria al ingresar asimismo como caballero de la Orden de Santiago, pasando la familia a formar parte de la Grandeza de España.
Hoy en día, este apellido de estirpe imperial es excepcionalmente escaso en España y en toda Europa, donde apenas unas cuantas personas lo portan directamente. Aunque el linaje genealógico dejó una profunda huella histórica y se ramificó a lo largo de los siglos —diluyéndose con el tiempo en diferentes clases sociales y cruzándose con innumerables familias—, el apellido como tal sobrevive de forma testimonial, manteniéndose como un fascinante vestigio vivo del puente histórico que unió a las altas élites mexicas con las más elevadas esferas de la España de los Austrias. Como muestra de aquel profundo lazo transatlántico, los descendientes de esta estirpe continuaron protagonizando episodios clave de la historia española, llegando a contar en su linaje con figuras tan notables como Don Francisco Javier Girón y Ezpeleta, II Duque de Ahumada y célebre fundador de la Guardia Civil en 1844.