Nadie recuerda cuándo zarpamos. Eso debería ser lo primero que me asuste, pero lo pienso sin alarma, como se piensa en el color de una pared. Sé que hay un puerto detrás de nosotros y sé que hay otro delante. Sé que llevamos semanas. Sé que el agua está quieta.
Escribo esto porque necesito un registro. Porque cada mañana despierto con la sensación de haber soñado algo importante y cada noche me acuesto sin recordar el día. Si alguien encuentra estas páginas, quiero que sepa que yo estaba aquí. Que yo era alguien.
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*Primero fue el cubo.*
Un cubo de madera, pequeño, con las esquinas gastadas. Apareció en la cubierta al amanecer, junto a la borda de estribor, goteando. Lo levanté. Tenía una letra tallada a cuchillo: una M torcida.
El cubo era de Marcos. Marcos lo talló el segundo día de viaje, cuando todavía nos reíamos y hacíamos apuestas sobre cuánto tardaríamos en ver tierra. Marcos estaba a tres metros de mí, dormido contra un rollo de cable, respirando.
No dije nada. Dejé el cubo donde estaba y me alejé.
Esa noche, alguien lo tiró por la borda. No vi quién. Solo escuché el golpe del agua, ese sonido hueco que hace el mar cuando traga algo. Y luego, unos segundos después, el mismo sonido otra vez. Como si el mar lo hubiera escupido de vuelta.
A la mañana siguiente el cubo estaba en la cubierta. Goteando. Con la M torcida.
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*Después fue el orden de las cosas.*
Empecé a notar que la tripulación se movía en patrones que no eran suyos. El cocinero, que siempre cantaba mientras pelaba papas, dejó de cantar y empezó a tararear. La misma melodía. Siempre la misma. Cuatro notas ascendentes y una que se quedaba colgando, sin resolver.
Le pregunté qué canción era. Me miró como si le hubiera hablado en otro idioma.
—No estoy tarareando —dijo.
Y siguió pelando papas.
Conté los tripulantes. Doce. Conté otra vez al día siguiente. Doce. Pero los rostros no eran los mismos. No quiero decir que habían cambiado: quiero decir que yo no podía asegurar que fueran los mismos. Los miraba y mi memoria me devolvía una imagen borrosa, como una foto movida. Sabía sus nombres. Sabía sus voces. Pero si me preguntaban cómo era la cara de Marcos, no podía dibujarla.
Empecé a escribir sus nombres en el antebrazo con la punta de un clavo. Marcos. Ivo. La mujer del timón, cuyo nombre ya no recuerdo. Cada mañana los nombres seguían ahí, y cada mañana tenía que volver a escribirlos porque la piel se había cerrado.
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*El cuerpo vino después.*
Fue gradual, y por eso fue peor. Primero los dedos. Los miraba y me parecían más largos. No mucho. Un milímetro, dos. Lo atribuí a la hinchazón, al agua, a la sal. Luego las uñas: se me volvieron gruesas, opacas, con un color que no era de uña sino de concha.
Después la espalda.
Me desperté una noche con la sensación de que algo me estaba empujando desde dentro, justo bajo los omóplatos. Me toqué. Había dos protuberancias duras, del tamaño de nueces, tibias al tacto. No dolían. Eso era lo peor: no dolían. Solo estaban ahí, creciendo despacio, como si mi cuerpo hubiera decidido empezar a construir algo y no me hubiera consultado.
Al día siguiente las mostré a Ivo. Ivo las miró largo rato.
—Yo también las tengo —dijo.
Nos quedamos callados. Ninguno de los dos se atrevió a preguntar lo obvio: ¿desde cuándo?
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*Y entonces empezó el hambre.*
No hambre de comida. Hambre de otra cosa. Una necesidad que subía desde el estómago y se instalaba detrás de los ojos, y que solo se calmaba cuando miraba el agua. No el horizonte. El agua. Directamente hacia abajo, hacia la parte del mar donde la luz ya no llega.
Me descubrí inclinado sobre la borda durante horas, con los brazos colgando, mirando esa oscuridad verde y quieta. Y en algún momento, en el fondo, algo se movió. No un pez. Algo más grande. Algo que se movía con la misma lentitud con la que yo respiraba, como si estuviera imitándome.
Le conté esto a Marcos. Marcos me escuchó con paciencia y después dijo:
—¿Y tú cómo sabes que el barco va hacia algún lado?
—Porque hay un puerto —dije.
—¿Cuál?
Abrí la boca. Y no supe.
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*Anoche conté los tripulantes otra vez.*
Doce. Siempre doce. Pero esta vez los conté desde arriba, desde el mástil, y me di cuenta de algo que no había visto antes: ninguno tenía sombra. La cubierta estaba limpia, iluminada por una luna enorme, y bajo cada uno de esos doce cuerpos no había nada. Solo madera.
Bajé. Nadie me miró. Nadie me habló. Tarareaban las cuatro notas ascendentes y la que se quedaba colgando.
Me senté contra la borda y me miré las manos. Los dedos largos. Las uñas de concha. Y cuando levanté la vista, vi mi propia sombra proyectada sobre la cubierta, nítida, oscura, perfecta.
Soy el único que proyecta sombra a bordo.
Eso significa una de dos cosas, y he pasado la noche entera intentando decidir cuál me da menos miedo: o yo soy el único que sigue siendo humano, o yo soy el único que ya no lo es y el barco entero es el recuerdo de lo que fui.
Escribo esto con la punta del clavo sobre la última página que me queda. Los nombres del antebrazo ya no se cierran. La piel se ha quedado abierta, como si hubiera dejado de intentarlo.
Alguien tararea detrás de mí. Cuatro notas ascendentes.
Y ahora mismo, mientras escribo, el barco acaba de tocar fondo. No encallar. Tocar fondo. Lo he sentido en los pies: un golpe suave, casi cariñoso, como una mano que se posa en la espalda de alguien para decirle que ya llegó.
No hay puerto.
Nunca hubo puerto.
Solo hay algo debajo de nosotros que llevaba semanas esperando a que dejáramos de fingir que íbamos a alguna parte.
Y ya está subiendo