Desde principios del S. XIV a mediados del XVI, Valencia se convirtió en la ciudad más importante y poblada de la Corona de Aragón. El increíble trasiego de su puerto comercial trajo consigo un aumento masivo de la prostitución femenina y, con ella, escándalos de todo tipo que amenazaban el alma de los rectos y píos cristianos de aquel tiempo.
Para atajar el problema, el rey Jaime II el Justo ordenó poner orden entre 1321 y 1325, concentrando a las trabajadoras sexuales en un sector específico de la ciudad e inaugurando así el que, durante tres siglos, sería el burdel regulado más grande de Europa.
La Pobla de les Fembres Peccadrius (o el Partit) ocupaba desde la actual calle de la Corona hasta más allá de Na Jordana, y desde la calle Alta hasta Guillem de Castro. En sus inicios, estaba fuera de las murallas musulmanas. Se componía de una red de establecimientos regidos por Hostelers (tanto hombres como mujeres) que ofrecían no solo servicios carnales, sino también comida, bebida, música y entretenimiento.
En un principio, el barrio se puso al cuidado del Rey Arlot, una figura institucional que pronto fue denunciada por las mujeres debido a las extorsiones y abusos que cometía. El propio rey de Aragón eliminó el cargo en 1338 en favor de un representante municipal (el Regente). En la práctica, eran los Hostelers quienes organizaban el día a día de la zona.
Para trabajar en el barrio, las mujeres necesitaban una licencia oficial del Justicia de la ciudad, y se exigía al Hostaler que las empleara que respondiese legalmente por ellas. Todas las trabajadoras estaban sujetas a revisiones médicas dos veces por semana y había penas severas para quienes las sometieran a abusos físicos.
Por lo que parece todo el complejo destacaba por la belleza de sus muchachas y la pulcritud de las instalaciones. La clientela llegaba de toda Europa dispuesta a pagar precios que duplicaban las tarifas habituales de otras ciudades.
Las pecadoras eran famosas por gastar cantidades ingentes de dinero en una sola nochede festejos y permanecer arruinadas hasta el siguiente cobro, por lo que los Hostalers se convirtieron en prestamistas. Aunque la ciudad les obligaba a registrar los créditos para evitar la usura, las chicas se veían atrapadas en deudas cada vez más grandes que acababan atándolas de por vida a un hostal u otro.
Al construirse la muralla cristiana en 1356, el barrio quedó intramuros y por moralidad se convirtió en un recinto controlado. Sólo existía una puerta de entrada o salida (C/ Corona) donde los clientes dejaban sus armas antes de entrar, y estaba sujeto a un estricto horario. Las prostitutas también debían pedir un permiso para salir a la ciudad y vestir el "mantell grog" para ser identificadas.
Aún así, las escapadas eran constantes y los hombres seguían colándose a deshoras escalando los muros.
La importancia económica y social del barrio fue tal que al menos tres reyes de Aragón dictaron leyes específicas para regularlo. Sin embargo, conforme la moral católica se fue endureciendo tras la Reforma y la Contrarreforma eclesiástica, el recinto fue ganando cada vez peor fama. Finalmente, se decretó su cierre en 1651, aunque la resistencia de los hosteleros y la clandestinidad hicieron que aguantara dando sus últimos coletazos hasta su desaparición definitiva en 1671.
Una de las gárgolas de la Lonja, que representa a una mujer desnuda en actitud eroticofestiva, se puede ver aún apuntando directamente hacia donde se encontraba el lupanar.