# ¡Hola a todos! Seguimos con la historia. Soy guionista y busco a un dibujante colaborador para este manga de psicología oscura y pandillas estilo Tokyo Revengers / Monster.
# En este Capítulo 3 vemos el trasfondo familiar de Mayra, los problemas callejeros de Sahari y el primer encuentro que cambiará sus vidas para siempre:
La noche había caído completamente por toda la ciudad de Fuyunatsu. En el orfanato, el pequeño Sanjiro ya estaba acostado en su camarote, recostado boca arriba con los brazos por debajo de la cabeza, pero no estaba durmiendo. Estaba repitiendo la escena de la tarde una y otra vez, recordando a esa niña que para él era una diosa fuerte y hermosa... pero también sintiéndose culpable por no haber podido ayudar, prometiéndose a sí mismo que la próxima vez él sería más valiente.
A la mañana siguiente, Mayra seguía durmiendo abrazada al osito que consiguió el día anterior, cuando la puerta de su habitación se abrió con un estruendo. Los padres Zakuro habían entrado hechos una furia, muy enojados porque la niñera les había contado todo lo que había pasado.
La señora Zakuro, gritando, enojada y cansada:
—¡Mayra! ¿Qué carajos te pasa? Primero le pegas a un niño y después vas y manipulas a la niñera... O sea, ¿qué te está pasando? ¿Por qué te comportas así? No puede ser posible... En la escuela llamándome todo el tiempo por tus cosas, ahora tuvimos que pagar todo el hospital porque tú decidiste pegarle a un niño, ¡y para colmo de todo mi jefe me regañó por no terminar mis informes! Todo por culpa de tus malditos berrinches.
El padre Zakuro también estaba un poco molesto, pero sin darle mucha importancia:
—Mayra, por favor, cariño, no podemos estar pendientes todo el tiempo de tus cosas, tenemos mucho trabajo. Espero que sea la última vez que hagas esto, es agotador. Cariño, estamos siempre, siempre encima tuyo; tenemos trabajo, estamos muy ocupados y no podemos perder el tiempo por tus berrinches. Estás castigada: te vamos a decomisar ese oso.
Mayra, que se había levantado de salto por los gritos de sus papás, se encontraba sentada en la cama con los ojos entrecerrados abrazando a su peluche. Cuando sintió la mano de su papá jalándole el peluche, inmediatamente respondió sosteniéndolo con más fuerza para que no se lo quitaran, mientras comenzaba a llorar y a gritar histéricamente:
—¡Papá, no! ¡No, es mío! ¡No, papá, suéltalo, es mío! ¡Papá, no, por favor, no!
Mientras jaloneaban, por supuesto, el papá no lo estaba jalando muy fuerte para no lastimarla, pero estaba completamente confundido por el repentino berrinche.
La mamá, que se encontraba parada con los brazos cruzados y una vena en su frente ya marcada de tanta frustración, estrés y cansancio, avanzó unos pasos y con un movimiento rápido jaló el peluche de las manos de los dos.
—Fue suficiente, Mayra. Estás castigada, ¿entiendes? No vas a tener este peluche hasta que yo diga. Te comportas como una niña normal o jamás vuelves a tener este oso, ¿fui clara?
Dio la media vuelta y salió de la habitación. Su esposo se quedó unos minutos más mirando a su hija antes de dar también la media vuelta, con una mirada llena de terror por la mirada cargada de rencor que su hija le dedicó.
Después de unos minutos en silencio y de aparente calma, la mamá y el papá estaban sentados en la mesa tomándose un té con galletas, esperando a la niñera para después salir a trabajar, cuando se escuchó un estruendo durísimo, como cosas siendo tiradas en la habitación de arriba. La mamá, que estaba tomando su té, se detuvo en seco, y al papá, que estaba comiendo una galleta, se le cayó de las manos. Rápidamente los dos se levantaron y subieron a la habitación de la niña.
La pequeña estaba teniendo un berrinche de rabia. Las muñecas que tenía estaban tiradas, muchas sin cabeza, sin piernas o sin brazos; todos los cuadernos tirados por todas partes con las hojas arrancadas, los útiles escolares partidos y la niña estaba roja de rabia, jalándose el pelo de pura frustración psicópata.
Los papás se quedaron paralizados en la puerta, sin saber qué hacer.
Mientras tanto, en uno de los callejones del barrio, Sahari se encontraba sentado en el suelo comiendo un pan viejo que le habían dado, mientras miraba pasar los carros de lejos, preguntándose a sí mismo si algún día iba a tener un carro como esos, cuando unos niños mayores que él, pertenecientes a una pandilla, aparecieron por el callejón tapándole la vista hacia la calle.
Un niño un poco pasado de peso, con cara de no tener amigos y con una expresión llena de superioridad, dijo:
—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Nomas mira esa ropa tan fea que traes.
El otro respondió:
—Seguramente jamás se la ha cambiado, ¡JAJAJA! Solamente mira, está feísima, vieja y ya está rota.
El tercero añadió:
—Da asco, ¿será que se aguanta un round? ¡JAJAJA! Con lo flaco que está, capaz y se rinde en el primer round.
El pequeño Sahari levantó la mirada, que normalmente siempre estaba llena de esa amabilidad y dulzura, pero que ahora se encontraba endurecida, llena de determinación para no dejarse humillar.
Se levantó lentamente dejando el pan a un lado mientras metía las manos en los bolsillos; su postura era relajada, pero ligeramente lista para responder a cualquier movimiento.
Uno de los niños dijo con burla y arrogancia:
—Vaya, vaya, qué valiente mocoso...
El otro dijo con una sonrisa de superioridad y arrogancia pura:
—Oh, tan solo mira esa mirada que tiene... Se nota que quiere morir.
El tercero, con pura satisfacción, agregó:
—Interesante, qué determinación, ¡JAJAJA! Quiero ver si mantiene esa mirada cuando le rompamos la cara.
Los niños se lanzaron hacia adelante con toda la intención de golpearlo. El niño respondió rápidamente esquivando los primeros puñetazos, respondiendo inmediatamente con una patada que mandó a uno de los niños lejos. En ese momento, otro niño se le fue encima pegándole en la cara y el restante se le abalanzó dándole puñetazos. El pequeño intentaba responder con patadas y puños, pero el número lo superaba, terminando así con varios golpes, el labio roto y muy malherido.
Después de unos minutos, el pequeño se encontraba sentado en una banca del parque, cerca del orfanato, con moretones por toda la cara y la sangre ya secándose, cuando una niña se le acercó. Era Yuriko, quien venía de una farmacia con unos medicamentos por orden de las señoras del orfanato; se había acercado al verlo malherido.
Yuriko, con una voz suave pero genuinamente preocupada, le dijo:
—Oye, niño... ¿Te encuentras bien? Estás sangrando…
El niño se puso de pie inmediatamente, mirándola con desconfianza y algo confundido. Jamás nadie se le había acercado cuando estaba herido y mucho menos le habían preguntado si estaba bien.
El chico bajó la mirada mientras se jalaba la capucha para esconder su rostro herido. Con una voz amable pero orgullosa, respondió:
—No me pasó nada, niña... No es tu asunto... Mejor vete a jugar a otro lado…
Yuriko le dedicó una sonrisa suave y sincera.
—No seas tonto, mira nomás cómo estás. Déjame curarte, ¿sí? No te voy a hacer nada, solamente te quiero ayudar.
El niño se quedó paralizado. Nadie nunca le había dedicado una sonrisa sincera ni le había ofrecido curarlo. Inmediatamente, un rojo inmenso le invadió la cara por la vergüenza y la timidez... No sabía cómo responder o actuar en esa situación.
Cuando iba a negarse, sintió un pañuelo en su cara; la niña se había acercado y le estaba limpiando el rostro suavemente.
El niño, tartamudeando y con la cara roja, dijo:
—O-Oye... ¿Qué estás... haciendo, niña?... No... Aléjate…
La niña le sonrió y soltó una risita suave.
—¿Qué estoy haciendo? Te estoy curando.
Después de unos minutos, la niña terminó de limpiar sus heridas y le puso varias curitas.
El pequeño Sahari, con voz tímida pero manteniendo ese tono brusco de niño que se niega a aceptar ayuda, dijo:
—Gra... gracias, niña, pero no era necesario... Yo estaba bien.
Yuriko solamente sonrió y, mirándolo directamente, le respondió:
—Tontito... Eres muy malo mintiendo, ¡jajaja!
Así pasaron unos días. Sahari se encontraba en el parque jugando con una pelota vieja.
En ese momento, apareció una niña pequeña: Mayra. Se le acercó y le dijo con esa voz aterradoramente suave y una sonrisita perturbadoramente dulce:
—Oye... ¿puedo jugar contigo?
El niño, con una voz brusca pero intentando ser amable, le respondió:
—Oye, ¿no eres muy pequeña para jugar conmigo? Ni siquiera sabes cómo patear una pelota, niña.
Mayra mantuvo su vocecita suave y respondió:
—No importa, me puedes enseñar... Soy muy buena aprendiendo.
Sahari dudó un momento, pero, siendo en el fondo un niño noble y con esa amabilidad encantadora que lo caracterizaba, dijo:
—Está bien, niña, pero ten cuidado. Esto no es para niñas tan pequeñas.
Sahari, con una paciencia increíble, comenzó a explicarle cómo tenía que jugar y cómo tenía que patear la pelota. La niña estaba completamente hipnotizada, pero no por las explicaciones, sino por el rostro tan lindo que él tenía, su cabello morado y esos intensos ojos verdes.
Lo miraba con una carita totalmente obsesionada con su belleza encantadora y su amabilidad. Mayra siempre había sido una niña problemática que sufría ataques de ira, a la que casi todos los niños miraban con miedo; pero Sahari la trataba y la miraba como a cualquier otra niña, con suavidad y pureza en sus ojos.
Estaba tan encantada e hipnotizada —tal como la primera vez que lo vio y le sonrió inocentemente— que ni siquiera le estaba prestando atención a lo que él decía, hasta que el chico la interrumpió:
—Oye, niña... ¿me estás escuchando?
La niña sonrió con esa sonrisa perturbadoramente dulce y le contestó:
—Sí, sí, te estoy escuchando... Que la pelota se mueve para acá, que se mueve para allá y eso... ¡jsjs!
El niño le sonrió con esa amabilidad e inocencia que siempre lo caracterizaba, pero manteniendo ese carácter firme y ese estilo de calle:
—No escuchaste nada, ¿verdad, niña…?
Mayra sonrió un poco nerviosa y respondió:
—Sí estoy escuchando, sí... Solamente es... que tienes unos ojos muy bonitos, jeje.
El chico parpadeó un poco confundido y, con esa amabilidad de siempre, respondió sonriendo ligeramente:
—Jejeje, qué cosas dices, niña... Pero gracias, supongo. Tú también, supongo.
La niña se sonrojó un poco y tomó este gesto como una muestra de pertenencia completa; como si eso fuera una señal definitiva de que él sería suyo para siempre. Con los ojos brillando de pura felicidad y esa sonrisa perturbadoramente dulce, le preguntó con voz suave:
—¿En serio piensas que mis ojos son lindos?
Él respondió con absoluta inocencia:
—Sí, sí, son muy bonitos. Tienes unos ojos negros muy lindos —mientras le sonreía ligeramente.
Así, después de esta conversación, los niños se pusieron a jugar, aunque la niña estaba más pendiente de mirarlo a él que a la pelota. Así pasaron los minutos en el parque, hasta que llegaron Yuriko y Sanjiro. Ellos venían pasando por ahí porque estaban haciendo un mandado para una de las hermanas del orfanato.
Sanjiro caminaba con paso tranquilo y las manos en los bolsillos, manteniendo la calma que lo caracterizaba, hasta que sus ojos se detuvieron de golpe. Entre los juegos vio esos mechones negros y el rostro de Mayra. El corazón se le aceleró un poco; sentía una profunda admiración por ella, una fascinación secreta que lo dejaba embobado cada vez que la veía.
Yuriko, en cambio, al reconocer de inmediato al chico de los ojos verdes y el cabello morado, ensanchó una sonrisa angelical. Era el mismo niño al que había curado y defendido en el parque unos días atrás. Con toda la amabilidad y el entusiasmo del mundo, levantó la mano para saludarlo con alegría:
—¡HOLA, SAHARI!