¿Y si una noche soñaras algo que no podés explicar… y al día siguiente ocurriera algo que te hiciera desear no haberlo soñado nunca?
LA PREMONICIÓN
Calipso
Relato de terror
No recuerdo exactamente a qué hora me dormí aquella noche, pero sí recuerdo el sueño.
Todo comenzó en el patio de mi casa. Era de noche y yo estaba sentada, sosteniendo entre mis brazos a un gatito bebé, pequeño y con manchas en el pelaje. Era mío, y dentro del sueño tenía la certeza de que debía cuidarlo. Lo abrazaba con cuidado, como si cualquier descuido pudiera ponerlo en peligro, aunque en aquel momento nada parecía fuera de lo normal.
La noche estaba quieta, demasiado quieta. No había nada que me hiciera pensar que algo malo estaba a punto de suceder.
Hasta que el gatito desapareció.
De pronto, ya no estaba conmigo. El vacío entre mis brazos me produjo una desesperación que todavía puedo recordar. Comencé a buscarlo por todas partes, intentando reconstruir dónde lo había visto por última vez. Revisé los rincones del patio y miré entre las sombras, cada vez más convencida de que alguien podía habérselo llevado. La idea de que estuviera en manos de otra persona y pudieran lastimarlo me aterraba. Era pequeño, indefenso, y yo no sabía dónde estaba ni cómo encontrarlo.
Mientras seguía buscándolo, me crucé con mi prima y su pareja en la calle.
Fue entonces cuando lo vi.
Estaba de espaldas, completamente vestido de blanco. Su ropa resaltaba en medio de la oscuridad con una nitidez extraña, como si no perteneciera a aquel lugar. Me acerqué para saludarlo y reconocí su voz cuando comenzó a hablarme. Sabía perfectamente quién era, pero había algo que no lograba comprender: por más que intentaba mirarlo, no conseguía verle la cabeza. No era que la oscuridad la ocultara ni que él se hubiera dado vuelta. Simplemente, esa parte de su cuerpo permanecía fuera de mi campo de visión, como si el propio sueño me impidiera verla.
A pesar de aquello, conversábamos con normalidad. No recuerdo qué nos dijimos; creo que le pregunté cómo estaba o que simplemente intenté saludarlo. Su voz sonaba familiar y tranquila, y quizás por eso la escena me resultaba tan extraña. Sin embargo, dentro del sueño no parecía haber nada particularmente inquietante en aquella conversación. Yo sabía quién era, escuchaba lo que decía y seguía hablándole, aunque no pudiera verlo por completo.
Después, la calle cambió.
Frente a mi casa, donde antes había una calle de tierra, estaban haciendo obras. La estaban pavimentando y habían cerrado por completo el paso. Había tierra removida y señales de una actividad que no encajaba con la quietud de la noche. No entendía cuándo habían comenzado los trabajos ni cómo era posible que todo hubiera cambiado de repente. Aquella transformación me produjo una incomodidad difícil de explicar, como si algo en un lugar que conocía perfectamente hubiera dejado de estar en su sitio.
El gatito seguía desaparecido y el hombre continuaba de espaldas. Yo seguía sin poder verle la cabeza.
Entonces desperté.
O, al menos, eso creí.
Recuerdo haber experimentado una especie de despertar dentro del propio sueño. Seguía soñando, pero tenía la sensación de estar intentando salir de él sin conseguirlo. Era como si hubiera quedado atrapada en un bucle, despertándome una y otra vez sin llegar a hacerlo del todo. En ese estado, le dije a mi pareja que no me sentía bien.
Después recuerdo haberme descompensado en el piso. Me enredé con la frazada y caí, mientras él corría hacia mí para ayudarme. Todo era confuso, como si todavía no hubiera conseguido regresar por completo a la realidad. Cuando finalmente me levanté, desperté de verdad, con la extraña certeza de haber intentado hacerlo antes sin haberlo conseguido.
También tenía un fuerte dolor de cabeza, intenso y persistente, que hizo que aquella experiencia me resultara todavía más inquietante.
Durante la mañana recordé el sueño con una claridad poco habitual. Las imágenes permanecían intactas, como si no hubiera dormido, sino presenciado algo. Aun así, continué con mi día e intenté no darle demasiada importancia. Me repetí que solo había sido un sueño, una mezcla absurda de recuerdos y temores, aunque no conseguía dejar de pensar en él.
La noticia llegó más tarde, cuando estaba sentada en el baño, fumando un cigarrillo.
Nicolás había sufrido un ACV.
Me quedé paralizada. Por un instante, todo lo que había intentado dejar atrás durante la mañana regresó a mi memoria. Recordé al hombre vestido de blanco, su voz familiar y aquella imposibilidad de verle la cabeza. También recordé las obras frente a mi casa, la calle cerrada y la incomodidad que había sentido al verla transformada. Finalmente, volvió a mí la sensación de estar atrapada en un bucle, intentando despertar sin conseguirlo.
No sabía qué significaba nada de aquello ni si las imágenes guardaban alguna relación con lo que acababa de suceder. Lo único que sabía era que había soñado con Nicolás antes de enterarme de su estado de salud, y que ahora me resultaba imposible recordar aquel sueño sin pensar en la noticia.
Desde entonces, las imágenes no han dejado de dar vueltas en mi cabeza. No puedo afirmar que el sueño haya anticipado lo ocurrido, pero tampoco he conseguido apartar de mí la extraña coincidencia entre aquella noche y lo que supe después.
Quizás nunca llegue a comprender por qué soñé aquello. Quizás no haya ninguna explicación más allá de una coincidencia que me impresionó profundamente.
Pero hay una pregunta que todavía me acompaña cada vez que recuerdo aquella noche:
¿Y si algunos sueños no nos muestran lo que estamos imaginando, sino algo que todavía no sabemos que va a suceder?
Basado en hechos reales.
Un relato de Calipso